Laura Tangorra es una joven italiana, casada con Francesco Beretta.
Hasta hace pocos años conjugaba su trabajo como profesora con el cuidado de sus dos hijos:
Alessandra y Marco. El año dos mil nació un tercero...Alice.
A los pocos meses de este tercer embarazo, se le descubrió una
enfermedad degenerativa a la madre. Según el parecer de los médicos, el contratiempo del embarazo no haría más que acelerar las deformaciones de la mamá hasta volverlas irreversibles. Por ello, le aconsejaron que abortara. Laura se negó rotundamente y las consecuencias de esta decisión fueron implacables:
ahora casi no puede moverse y tiene que sufrir la incapacidad de abrazar y
ayudar asu hija.
Ella misma confiesa: «alguna vez ve mis manos que no aplauden mientras
le digo:
¡Muy bien! Entonces me las toma, las une y las mueve, y me las besa.
Pero yo jamás he peinado sus cabellos, ni paseado con ella de la mano. Jamás le
he leído un buen libro, no le he cantado una canción. Si quiere ayuda, no
me lo pide a mí. No sabe que cuando se hace daño yo la abrazo con el
pensamiento. No sé explicar lo que se siente, es un dolor profundo que parece desgarrar el corazón, que quita la respiración, que puede volver loco».
Sin embargo, estos sufrimientos no le quitan la alegría de vivir y de
ser madre, porque está segura que «una madre no muere jamás». En estos días,
sirviéndose de un programa informático especial, ha publicado su segundo libro:
Rumore di Mamma. En él reflexiona sobre la maternidad y comparte su
experiencia como educadora. Lo que se recaude con la venta del libro -no podría ser de otra manera viniendo de quien viene- será destinado a obras de beneficencia.
El aborto hubiera sido la solución más fácil y expeditiva. Quizás
todavía hoy Laura podría moverse con facilidad y, seguramente, no sufriría la
imposibilidad de abrazar a su hija. Pero ella apostó por la maternidad; y, aunque no pueda abrazar a Alice con los brazos, lo hace con el pensamiento, con el amor.
Ciertamente, el testimonio de Laura es admirable, pero ella no se
considera a
sí misma una heroína, sino una madre normal. Y es así, pues, a pesar
de que haya quienes deseen hacernos creer lo contrario, la auténtica maternidad es amor hecho sacrificio, generosidad y heroísmo. Por ello, su historia -aunque
muy particular- es la punta de un enorme iceberg formado por esos
millones de madres que día a día entregan su vida. Como un cirio se consumen poco a poco, dando luz y calor a sus hogares. Sin duda, todas ellas merecen escuchar de labios de sus hijos las palabras de Alice: «¡Qué hermosas son tus manos, mamá!». |